| Contar turistas tiene mucho mérito porque casi nunca se están quietos. Aspiran, más que a una información a un aroma y por lo tanto lo que les conviene es callejear por las ciudades, más que adquirir libros donde se cuente su historia. ¿Cuánto se tarda en captar el espíritu de una ciudad? Hablando de Málaga, Moreno Villa, que era pintor y poeta, aunque quizá no por ese orden, dijo que Málaga puede verse en un día o necesitar toda una vida para ser vista. O sea, que se confirma una vez más la diferencia que hay entre mirar y ver. Según las estadísticas, la mitad del turismo veraniego permanece en España entre 8 y 15 días. La otra mitad se queda durante más tiempo y algunos, no necesariamente los más viejos, se nacionalizan en el sol y deciden quedarse para siempre.
No se sabe cómo ven a los nativos. Para eso no hay estadísticas.
Nuestro sentido de la hospitalidad es muy variable y parece que no mostramos la misma efusividad con los que vienen en yate que con los que llegan en cayuco. Claro es de suponer que eso no sea privativamente nuestro, como tampoco son los toros, ni los garbanzos, ni la envidia, que también se dan en otros países que no se están preguntando por su esencia, al cabo de los siglos.
Quizá no podamos saber con alguna precisión cómo nos ven los que tienen la delicadeza –iba a decir el buen gusto– de pasar una temporada más o menos larga con nosotros, pero lo que sí sabemos es lo que ven con mayor frecuencia: las humaredas de los incendios. Puede que piensen: “Ya están los españoles quemando España, como todos los veranos”. Se asombrarán que a pesar de esta calurosa tradición “es maravilla que aún tengan hierbas los campos y agua las fuentes”. Es más probable que nuestros huéspedes, que son los que hacen florecer la primera industria nacional, vengan sólo a eso: a maravillarse. |